¿Qué es la Psicología Transpersonal?

Por Andrè Sassenfeld J.

Introducción

En cuanto le preguntamos a diversos alumnos de psicología sobre lo que es la psicología transpersonal, las respuestas que recibimos de la gran mayoría de ellos se pueden atribuir a las siguientes dos categorías: al ampliamente difundido “No sé” o a un grupo bastante heterogéneo de contestaciones que se constituye a partir de todos los distintos estereotipos y prejuicios existentes. Estas pre-concepciones sin fundamentación válida alguna se deben, en mi opinión, a la ignorancia y a la desinformación. Me parece que tal estado de cosas de los conocimientos que manejamos no es justificable respecto de una corriente del pensamiento psicológico contemporáneo que con una presencia de ya alrededor de tres décadas ha demostrado sin lugar a dudas su significación, importancia y utilidad. El presente artículo pretende satisfacer la necesidad de aclaración y explicación con la que nos encontramos en torno al campo de la psicología transpersonal y su ámbito directo de aplicación, la psicoterapia transpersonal.

Antes de comenzar a cumplir con nuestro propósito propiamente tal es importante detenernos por unos instantes en algunas reflexiones previas. En términos generales, la psicología transpersonal enfatiza la validez de la experiencia subjetiva y debido a ello la elaboración de teorías y modelos queda remitida a un plano secundario respecto de la vivencia directa de nuestra realidad interior. En este sentido se considera que ninguna concepción teórica, por completa que intente ser, es capaz de dar cuenta definitivamente de la inagotable riqueza y de todas las posibilidades que comprende el espectro de las experiencias humanas. Los modelos pueden sernos útiles tanto para orientarnos como para ayudarnos a entender, pero deben ceder ante el fenómeno humano vivo y dinámico cuando esto se hace necesario. Los psicólogos y psiquiatras transpersonales están siempre dispuestos a abandonar sus actuales teorías para abrazar visiones e ideas más amplias y más abarcadoras de la psique y la naturaleza del hombre (Walsh y Vaughan, 1994).

Desde una perspectiva científica, la psicología transpersonal se suma a la tendencia general hacia la integración intra e interdisciplinaria y la idea de la unidad inseparable de sujeto y objeto, del observador y de lo observado. Deja atrás el positivismo y la visión newtoniana – cartesiana de la realidad y de un universo mecánico y se identifica más bien con un paradigma cuántico – relativista (Almendro, 1994), producto de la nueva visión del cosmos planteada en primer lugar por la física cuántica y con posterioridad adoptada y desarrollada por diversos investigadores científicos al interior de sus respectivas disciplinas.

A continuación nos ocuparemos de la definición y la descripción de la psicología transpersonal y de las experiencias transpersonales, para pasar después a delinear una renovada noción de lo que es y de lo que hace la psicoterapia.

La Psicología Transpersonal

El término “transpersonal”, que literalmente quiere decir más allá de lo personal, aparentemente fue utilizado por primera vez, con referencia a la esfera psicológica de fenómenos, alrededor de 1916 por Carl Gustav Jung. Jung designaba con esta expresión la característica distintiva del inconsciente colectivo, esto es, el hecho de que se trataba de un estrato psíquico que le era común a todos los seres humanos, significado que no se corresponde con el que se maneja en la actualidad. En la década de los años veinte el psiquiatra italiano Roberto Assagioli introduce la palabra en el contexto de la psicoterapia, diferenciando el espacio transpersonal dentro del inconsciente colectivo para “distinguir entre los contenidos primitivos y arcaicos del inconsciente colectivo y sus contenidos supraconscientes” (Rowan, 1996), que también podemos llamar trascendentes o espirituales. Esta acepción del término se acerca bastante a lo que hoy se quiere señalar con él. A lo largo de este trabajo se irá aclarando cualquier duda que podamos tener con respecto a su significado. En cualquier caso, lo espiritual o transpersonal no se refiere directa y estrictamente a lo religioso, ya que alude a una experiencia y no a una mera creencia.

A principios de los años sesenta, la cultura occidental se vio invadida por tecnologías orientales y occidentales que eran capaces de modificar el estado habitual de nuestra consciencia, como por ejemplo diferentes técnicas de meditación y una variedad de sustancias psicodélicas. Paralelamente, un psicólogo llamado Abraham Maslow, basándose en los resultados de sus estudios pioneros sobre la autorrealización y las experiencias cumbre (Maslow, 1964), había fundado el movimiento de la psicología humanista, que valoraba altamente las potencialidades y la creatividad humanas y lo que el mismo Maslow llamó las metamotivaciones (en Walsh y Vaughan, 1994), aspectos de la existencia que las corrientes dominantes en psicología, psicoanálisis y conductismo, no habían explorado ni integrado adecuadamente en sus teorías. La experimentación masiva con estados no ordinarios de consciencia amplió de manera considerable lo que se había concebido hasta entonces como el límite de la experiencia humana, y de manera progresiva el modelo humanista ya no lograba dar cuenta de los ámbitos de vivencias a los que algunas personas estaban accediendo y los niveles de desarrollo psicológico que estaban alcanzando.

En 1968 Maslow expresaba: “Considero que la Psicología Humanista, la psicología de la tercera fuerza, es un movimiento de transición, una preparación para una cuarta psicología, ´superior´ a ella, transpersonal, transhumana, centrada en el cosmos más que en las necesidades y los intereses humanos, una psicología que irá más allá de la condición humana, de la identidad, de la autorrealización y cosas semejantes” (en Walsh y Vaughan, 1994), y pocos meses después un grupo de psicólogos y psiquiatras integrado por Maslow, Viktor Frankl, Stanislav Grof, James Fadiman y Anthony Sutich, lanzó la primera edición de una nueva revista, el Journal for Transpersonal Psychology, dando nacimiento al movimiento transpersonal y posteriormente a la Asociación Norteamericana de Psicología Transpersonal.

En el año 1978, Stanislav Grof funda la International Transpersonal Association (ITA), organización que eleva el trabajo de la asociación norteamericana hacia un nivel internacional y explícitamente interdisciplinario. En los momentos actuales muchos autores prefieren hablar de modo genérico de Estudios Transpersonales, considerando que éstos son “menos una subdisciplina que una investigación multidisciplinaria e sintetizadora” (Almendro, 1994).

La psicología transpersonal ha sido definida de varias maneras distintas, como cualquier disciplina científica. Sintéticamente puede decirse que es el estudio psicológico de las experiencias transpersonales, de su naturaleza, variedades, causas y efectos (Almendro, 1994) y del desarrollo humano más allá del ego (Vaughan en Grof, 1993). Entre sus intereses centrales cuenta todos “los procesos, valores y estados transpersonales, la consciencia unitiva, las metanecesidades, las experiencias cumbre, el éxtasis, la experiencia mística, el ser, la esencia, la beatitud, la reverencia, el asombro, la trascendencia del sí mismo, […] las teorías y prácticas de la meditación, los caminos espirituales, la compasión, la cooperación transpersonal, la realización y actualización transpersonales y los conceptos, experiencias y actividades con ellas relacionados” (Walsh y Vaughan, 1994).

Dentro de los objetivos que se le han atribuido nos encontramos con que diferentes autores han enfatizado aspectos distintos, los cuales deben entenderse como complementarios y de ninguna manera como mutuamente excluyentes. Se ha dicho que uno de los fines principales de la psicología transpersonal es la delimitación de las fronteras y las variedades de la experiencia humana consciente (Rowan, 1996) y también que apunta hacia una integración general de las vivencias trascendentales en nuestra comprensión de los procesos psíquicos. Esta última consideración implica la introducción y asimilación de las enseñanzas de los sistemas psicológicos más antiguos y más ampliamente desarrollados, contenidos en las tradiciones espirituales de la humanidad, a la psicología, fomentando así una armoniosa síntesis de nuestros conocimientos científicos modernos con la sabiduría contemplativa y mística (Grof, 1993). En este sentido puede decirse que la “perspectiva transpersonal considera que los enfoques oriental y occidental son complementarios” (Vaughan en Grof, 1993).

Desde un punto de vista más bien práctico, específicamente el de los psicoterapeutas transpersonales, se ha mantenido la opinión de que la psicología transpersonal representa la extensión de las áreas de la investigación científica sobre la psique hasta incluir estados de bienestar y salud psicológicos de nivel superior (Walsh y Vaughan, 1994). Los resultados y los conocimientos obtenidos en estas exploraciones se relacionarían concretamente con la creación y la aplicación de maneras de integrar la dimensión espiritual de la existencia en la vida cotidiana de las personas y con el desarrollo de potencialidades humanas latentes que sobrepasan las limitaciones del ego. Frances Vaughan, una de las primeras terapeutas que trabajó explícitamente en un marco de referencia transpersonal, manifestó lo siguiente: “La Psicología Transpersonal busca producir un equilibrio entre la experiencia interna y externa y la consciencia, reconociendo que éstos son dos aspectos de una realidad mutuamente interdependiente” (Vaughan en Grof, 1993).

Aparte de todo lo que hemos dicho hasta este momento, la psicología transpersonal exhibe otra característica particularmente llamativa. No pretende ser sólo otra psicología más que se suma a los enfoques existentes, sino que se plantea con el carácter de una psicología verdaderamente integral, pudiendo entenderse como una metaperspectiva que intenta “llegar a establecer la contribución e integración de las diversas escuelas” (Almendro, 1994). Cada una de las psicologías que se han articulado y estructurado de forma coherente tiene su lugar exacto en el espectro de la consciencia o, en otras palabras, corresponde a determinado nivel de la experiencia consciente y es útil para la comprensión, la interpretación y la intervención de los fenómenos anímicos que son observables en el nivel del cual dan cuenta (Wilber, 1990, 1994, 1998). Los modelos psicológicos se sitúan en un contexto expandido de la naturaleza humana que abarca estados de consciencia y bienestar que no habían sido apreciados en todas sus dimensiones y en consecuencia malinterpretados y patologizados por faltar un marco de referencia para su entendimiento adecuado. No son reemplazados ni se cuestiona su validez, pero dejan de considerarse completos y se restringe el ámbito de procesos psíquicos al cual es factible aplicarlos.

Con relación a todo lo que antecede es necesario mencionar que la psicología transpersonal de ninguna manera se propone el establecimiento de la irrefutable “verdad” de algún sistema de creencias en particular. No propugna ni credos ni dogmas inmutables ni es partidaria de una nueva metafísica, y tampoco demanda determinadas convicciones u opiniones. Más bien trata de “descubrir la relación que hay entre las cosmovisiones existentes” (Vaughan en Grof, 1993), y para realizar esto adhiere “a una amplia posición científica, filosófica y experiencial para comprobar todas las pretensiones y [acepta] normalmente que las experiencias se pueden interpretar religiosamente o no, según las preferencias individuales” (Almendro, 1994).

Revisadas estas cuestiones fundamentales, podemos ahora proceder a la exposición de una propuesta, ni definitiva ni exhaustiva, sobre algunos supuestos generales que conciernen a la perspectiva transpersonal.

La vida humana es principalmente un proceso de desarrollo de la consciencia y en este continuo crecer la consciencia es la dimensión central que sirve de base, contexto y marco a toda experiencia. 
Nuestro estado de consciencia habitual dista mucho de ser óptimo y debe ser considerado restringido por una actitud defensiva, cuya existencia nos hace experimentar “una percepción deformada de la realidad [que] no alcanza a reconocer esa deformación” (Walsh y Vaughan, 1994). Esta percepción distorsiona nuestra imagen del mundo y de nosotros mismos. 
Existe efectivamente un extenso espectro de estados de consciencia que el ser humano es capaz de vivenciar sin que sea necesario calificarlos como fenómenos psicopatológicos; algunos de ellos son potencialmente útiles y funcionalmente específicos o “superiores”(no en un sentido valorativo), ya que se acompañan de funciones inaccesibles en estados de consciencia habituales. Estos estados son accesibles a condición de relajar la actitud defensiva que hemos mencionado. 
La actitud defensiva puede relajarse mediante el adiestramiento en determinados métodos que sirven específicamente a este fin y de esta manera se puede ver facilitado el acceso a los estados “superiores”. 
El ser humano se destaca como “un flujo de cuerpo, psique y espíritu” (Almendro, 1994), de modo que la psicología transpersonal vuelve a contactarse con las formas tradicionales de contemplar al hombre en cuanto introduce nuevamente la dimensión espiritual en su concepción. Las facetas física, emocional, mental y trascendente del humano no están separadas, sino que forman siempre una unidad indivisible, una totalidad que funciona integradamente. Por otro lado, la naturaleza humana puede ser conceptualizada de la siguiente manera complementando a la primera: cada individuo se constituye a partir de dos aspectos (Celis, 1996). Uno de ellos, que se considera su verdadera naturaleza e identidad en las tradiciones místicas, es lo que se ha llamado self transpersonal, ser esencial, consciencia transpersonal, alma, etc. con el cual se posibilita el contacto en los estados “superiores” de consciencia. El otro sería lo que la psicología occidental ha llamado el ego, el yo o también la estructura de la personalidad, y de él depende la actitud defensiva discutida con anterioridad. Por último, se considera que cada persona “tiene la potencialidad de realizar o actualizar las cualidades y capacidades que pueden estar latentes o subdesarrolladas” (Vaughan en Walsh y Vaughan, 1994) en ella.

La experiencia transpersonal

En los comienzos de la teorización transpersonal en psicología algunos autores habían defendido el punto de vista de que era posible definir un estado transpersonal único que era alcanzable por diferentes caminos. Pero a medida que la investigación y la experiencia acumulaban más observaciones y datos se hizo imprescindible admitir que no era tal como se había pensado en un primer momento, sino que más bien las distintas formas de facilitar los estados de consciencia no ordinarios dirigían a las personas a estados específicos que no eran equivalentes entre ellos. Los separaban tanto diferencias en la vivencia subjetiva como también en mediciones de variables fisiológicas. No obstante, fue posible establecer un conjunto definido de características que comparten todos estos estados: la sensación de que desafían cualquier descripción que podría darse de ellos, una sensación aumentada de lucidez y entendimiento, una percepción de las dimensiones de espacio y tiempo que se aleja de lo habitual, intensos afectos positivos y por último la apreciación de la naturaleza unitiva e integrada del universo y sus componentes, además del lugar que a uno le corresponde en él (Walsh y Vaughan, 1994).

El psiquiatra Stanislav Grof posteriormente dio la definición más acotada y utilizada que se ha hecho hasta la actualidad. Las vivencias transpersonales, en sus palabras, son “experiencias que implican una expansión de la consciencia más allá de las fronteras habituales del ego, y más allá de las limitaciones del tiempo y/o el espacio” (Grof en Rowan, 1996) a lo que cabe agregar que en el momento de la realización transpersonal “se puede vivenciar como ilusorio al ego separado y aislado mientras que se vivencia como real la unidad subyacente de la existencia” (Vaughan en Walsh y Vaughan, 1994). La expresión “expansión de la consciencia” normalmente implica un segundo significado adicional que se refiere a una paralela “expansión de la identidad”, y en este sentido se trasciende no solamente al ego sino también nuestra identificación con él.

Estas experiencias, como es apreciable en los resultados de algunas de las investigaciones que se ocupan de ellas, son experimentadas con mayor frecuencia por individuos que presentan un funcionamiento físico y mental saludable sin perturbaciones significativas. Muchas veces se relacionan íntimamente con la intuición, la creatividad y la imaginación, características que destacan, según los estudios iniciados en la década de los años sesenta por Maslow sobre la autorrealización (Maslow, 1964), en los sujetos más sanos psicológicamente. Además se ha encontrado que las vivencias transpersonales ejercen una influencia positiva sobre las personas que se plasma tanto en cambios perdurables a nivel fisiológico como a nivel psicológico y conductual (Grof, 1993, 1994, y Walsh y Vaughan, 1994).

En los círculos de la psicología transpersonal se considera que la capacidad de la mente para sumergirse en estos estados de consciencia le es inherente. A la totalidad de los seres humanos les son accesibles y por lo común todos los han experienciado de alguna u otra forma (por ejemplo como experiencia cumbre); pero lamentablemente también es cierto que en “la mayoría de las personas se pueden dar experiencias incipientes que pueden ser reprimidas o mal interpretadas debido al miedo a la pérdida del control y a la intolerancia hacia la ambigüedad” (Walsh y Vaughan, 1994), hecho que impide a estos sujetos la exploración de todas las posibilidades de crecimiento y autoconocimiento que contienen los estados trascendentes de consciencia. En gran parte la psicología ha contribuido a este estado de cosas debido a que su tendencia general ha apuntado hacia la patologización y la negación de la autenticidad de los fenómenos transpersonales y no hacia su afirmación y el reconocimiento de su inmenso potencial terapéutico cuando se tratan como una herramienta catalizadora del cambio (Grof y Grof, 1992, 1995). El psicoanálisis más ortodoxo, por ejemplo, ha sostenido por mucho tiempo que se trata de meras regresiones neuróticas, y en casos extremos psicóticas, a las condiciones prenatales de la existencia.

A modo de conclusión podemos decir que la psicología transpersonal piensa que este tipo de vivencias espirituales o transpersonales son un aspecto esencial de la naturaleza humana y la consciencia. Debido a ello mantiene el punto de vista de que cualquier teoría psicológica que las excluya de sus explicaciones nunca puede realmente proporcionar un modelo íntegro del psiquismo y sus capacidades.

La Psicoterapia Transpersonal

El campo más directo de aplicación de los conocimientos de la psicología transpersonal es la psicoterapia transpersonal. La psicoterapia conducida dentro de un marco de referencia transpersonal es “un intento de facilitar el crecimiento de los clientes no sólo con vistas a lograr el fortalecimiento del yo y la identidad existencial [los propósitos más tradicionales], sino también, yendo más allá de la identidad del ego, a pasar a los territorios de la realización transpersonal y de la trascendencia” (Walsh y Vaughan, 1994), un intento, en suma, de posibilitar el crecimiento de los seres humanos y de expandir su percatación y su consciencia.

La psicoterapia transpersonal amplía los intereses de los enfoques psicoterapéuticos existentes, objetivos básicos como la satisfacción de las necesidades y aspiraciones fundamentales del ego (por ejemplo una autoestima positiva), el alivio de la sintomatología manifiesta o la modificación del comportamiento, para incluir motivaciones, experiencias y potencialidades accesibles a quienes han ya alcanzado un grado de desenvolvimiento cotidiano satisfactorio.

Esto se traduce en la consideración de la faceta trascendental de la vida humana como uno de los componentes constituyentes de la terapia y de las experiencias correspondientes como “parte integral del proceso terapéutico” (Walsh y Vaughan, 1994). Así, esta aproximación engloba una gama de experiencias más extensa que las modalidades convencionales de psicoterapia y es capaz de entender las vivencias de carácter transpersonal adecuadamente como valiosas oportunidades de crecimiento y desarrollo.

El terapeuta intenta ayudar al individuo a ascender a niveles superiores de salud psicológica, a desarrollar su capacidad de asumir la responsabilidad sobre sí mismo y sobre sus relaciones y experiencias, a capacitarlo para que satisfaga de manera adecuada sus múltiples necesidades físicas, emocionales, mentales y espirituales de acuerdo con sus preferencias y predisposiciones personales y, en caso de ser necesario o posible, a contactarse con su propia dimensión trascendental a través de algún tipo de práctica espiritual. Para ello, “el proceso no se ocupa de la solución del problema per se, sino de la creación de condiciones en que se posibilite, según sea adecuado, la solución o la trascendencia de los problemas” (Vaughan en Walsh y Vaughan, 1994). El terapeuta no cura la dolencia particular de la persona, sino que la capacita para que aprenda a contactar sus propios recursos interiores y deje actuar sin miedo el proceso natural de curación, que es en el fondo un proceso de crecimiento. Lo dicho lleva a los psicoterapeutas transpersonales a considerar que “la crisis sólo significa cambio” (Almendro, 1994) y que “todos los clientes tienen capacidad de autocuración” (Vaughan en Walsh y Vaughan, 1994), la cual se ve reforzada positivamente por la realización transpersonal. Por lo demás, la situación terapéutica es concebida de manera que ambos participantes trabajan sobre sí mismos, cada uno de la manera más adecuada para su propio desarrollo. La consciencia es entendida aquí como el instrumento y el objeto del cambio a la vez.

Para alcanzar sus propósitos, la psicoterapia transpersonal hace uso de todas las técnicas que se encuentran a disposición, del mismo modo que la psicología transpersonal integra todas las teorías que se han estructurado para lograr una comprensión más plena de la psique. La elección de las técnicas se adapta por completo a las necesidades del cliente y a su estado de consciencia, ya que determinadas herramientas se muestran más eficaces con determinados niveles de desarrollo de la consciencia (Wilber, 1994). Para que ello sea posible, el terapeuta debe tener conocimientos teóricos y prácticos extensos sobre las técnicas psicoterapéuticas existentes y de esa manera contar con la posibilidad de hacer uso de varias de ellas cuando resulte necesario.

Frances Vaughan, con fines de reflexión y aclaración teórica, ha hecho una útil distinción entre el contexto y el contenido de la psicoterapia. El contexto queda siempre plenamente determinado por los valores, las creencias y las intenciones del terapeuta. Un contexto transpersonal se crea según ella cuando se trabaja con creencias abiertas en lo que se refiere al proceso terapéutico. Una de tales creencias sería por ejemplo la idea de que todo tipo de valores y pensamientos, con independencia de si son expresados abiertamente o no, afectan en alguna medida el proceso de la terapia. “Idealmente –dice-, una orientación psicoterapéutica transpersonal sirve de base a una integración equilibrada de los aspectos físicos, emocionales, mentales y espirituales del bienestar” (Vaughan en Walsh y Vaughan, 1994), y en este sentido se parte del supuesto de que en tal contexto la sabiduría interior del organismo se sentirá libre para emerger como fuerza integradora y curativa. La exploración de contenidos trascendentes se ve así facilitada, pero no se requiere necesariamente de ellos. Los contenidos, a diferencia del contexto, los determina y proporciona el cliente. El contenido nunca es exclusivamente de naturaleza transpersonal puesto que de forma invariable refleja todas las experiencias vitales del cliente.

La terapia transpersonal no se propone como meta la obtención de experiencias espirituales por sí mismas, pero su presencia es valorada de todos modos como saludable y valiosa contribución al crecimiento humano. Debido a ello, en vez de reprimirlas se alienta a la persona a que las experimente plenamente sin defenderse de ellas. Estas vivencias tienden a suscitar cuestiones fundamentales que conciernen la naturaleza de la realidad y de la propia identidad, temáticas que pueden ser elaboradas con el apoyo del terapeuta.

La actitud del terapeuta transpersonal debe ser en primer lugar de un compromiso profundo con su propio crecimiento personal y espiritual. Esto es de gran importancia debido a que “el estado de consciencia del terapeuta tiene un efecto profundo y de largo alcance sobre la relación terapéutica”(Vaughan en Walsh y Vaughan, 1994) y por lo tanto en el cliente mismo. En este sentido es necesario que la perspectiva transpersonal se manifieste en el terapeuta “no como una postura ideológica ocasional, sino como un reflejo de su modo de vida” (Celis, 1996). El terapeuta debe intentar llevar su desarrollo transpersonal en la relación terapéutica misma a dimensiones óptimas para atender con plena consciencia a su cliente. El crecimiento de uno de los participantes en la relación facilita enormemente el del otro. El psicoterapeuta debe estar dispuesto a encarar todo obstáculo que surja con respecto a la percepción de sí mismo con el fin de establecer condiciones favorables para su cliente.

Cabe destacar que en ningún instante se ha propugnado la idea de que un camino espiritual ocupe el lugar de un proceso terapéutico. Esta forma de pensar sería una grave malinterpretación. Respecto a esto Vaughan nos dice: “el problema surge cuando consideramos a la espiritualidad como una alternativa al desarrollo psicológico, más que como su prolongación… la consciencia espiritual sólo contribuye a la totalidad cuando se basa en la salud psicológica y en la integración de todos los niveles de consciencia” (Vaughan en Almendro, 1994).

El resultado exitoso de la psicoterapia transpersonal se caracteriza en términos generales por un sentimiento ampliado de la identidad que con frecuencia se asocia a cambios motivacionales. Las motivaciones dejan de estar dominadas predominantemente por los intereses propios y pasan a conformarse en torno a intereses que trascienden a un individuo o a un ego en oposición a los otros seres humanos y separado de ellos. Es probable que la persona manifieste una creciente aceptación de cualquier experiencia humana y así reduzca la necesidad de utilizar sus mecanismos defensivos. La apertura a lo transpersonal suele acompañarse de un sentimiento de libertad personal y una renovada sensación de ser responsable y estar dirigido desde adentro. El individuo deja de sentir que es manejado desde afuera por fuerzas ajenas a él mismo. “Una vez que una persona ha despertado a las dimensiones transpersonales de la experiencia, la vida misma se ve desde una perspectiva diferente” (Vaughan en Walsh y Vaughan, 1994), en la medida en la que la experiencia interna y la externa se tornan congruentes y armoniosas.

Palabras finales

He intentado dar un cuadro general lo más completo posible de lo que es la psicología transpersonal, la experiencia trascendente y la psicoterapia transpersonal, y espero haber podido responder a la pregunta que titula este artículo a satisfacción de quien se haya interesado en la contestación que aquí se ha ofrecido. Como sucede con cualquier intento de cubrir un tópico tan vasto en un espacio que no sea excesivo, es probable que haya multitud de carencias y omisiones que espero no hayan enturbiado la comprensión. El lector interesado en profundizar en alguno de los temas o de las ideas presentadas puede siempre recurrir a la bibliografía que se señala al final, en donde encontrará el material que le es necesario. Quisiera terminar con algunas reflexiones finales relacionadas con la exposición que antecede.

Durante las décadas pasadas las sociedades han sido inundadas, por medio de los medios de comunicación masiva, la publicación de libros, etc. por lo que podríamos llamar una “espiritualidad light”, desconectada de lo que hace que la espiritualidad se haga una realidad viva, esto es, la genuina experiencia transpersonal. Espero que haya quedado suficientemente claro que la psicología transpersonal no es parte de esta “espiritualidad light”, de una espiritualidad vacía que se ha convertido en un producto industrial de consumo. Al contrario, donde le ha sido posible ha denunciado este estado de cosas y ha promovido como alternativa a todo ello una espiritualidad que se basa en una auténtica experiencia de la realidad trascendente que está contenida en cada ser humano, con absoluta independencia de dónde viene o quién es. La psicología transpersonal pretende facilitar el que las personas despierten a la verdadera realidad del mundo y de sí mismas, como lo han planteado las tradiciones místicas y contemplativas desde que el hombre ha devenido consciente de sí mismo, y no anestesiarlos con más creencias y convicciones superficiales y carentes de vida que no les permiten una real transformación y que los hacen depender de autoridades externas a ellas mismas. La verdad está en nuestro interior y no la podemos encontrar en ningún otro lugar.

Roger Walsh, psiquiatra transpersonal, ha ido más allá aún y ha planteado lo que sigue: “Puesto que todas las amenazas principales para la supervivencia humana son actualmente causadas por los seres humanos, la atención al desarrollo psicológico y espiritual se ha convertido en una necesidad social” (Walsh en Grof, 1993). La idea general es la de fomentar activamente el desarrollo de la consciencia de los individuos por todos los medios posibles para que el futuro de la humanidad deje de verse tan ensombrecido por el miedo a guerras nucleares o a una contaminación ambiental irreversible de consecuencias catastróficas. Hay que reconocer que “existimos impregnados en un tejido de relaciones mutuamente condicionadas entre sí y con el entorno natural” (Vaughan en Grof, 1993) y que todo cuanto sucede o hacemos influye y afecta a todas las otras cosas. Las experiencias transpersonales facilitan la toma de consciencia de este hecho de manera extraordinaria, y pueden permitir el desarrollo de individuos conscientes que construyan sociedades basadas en la cooperación transpersonal y el acuerdo mutuo.

En la teoría y en la práctica, lo transpersonal puede entenderse simplemente como una aproximación moderna a la espiritualidad y al crecimiento de los seres humanos. “Tal vez tengamos que añadir que, al fin y al cabo, lo transpersonal es una ´actitud´ ante la vida que lleva tras de sí una vivencia de la realidad no-ordinaria en la ordinaria” (Almendro, 1994), más que una opción teórica entre innumerables otras teorías.