Una Espiritualidad sin dios

9 marzo, 2006

La creencia en un ser superior suele ser poco cuestionada. Quienes se declaran creyentes, son también, por añadidura, espirituales. De hecho, la existencia de una vida espiritual sin un dios parece contradictoria: Dios y espiritualidad han sido equiparados como la misma cosa. Sin embargo, existen otras miradas a la espiritualidad donde Dios no es el actor principal. Ésta es una invitación a dar una nueva mirada a lo que hemos denominado como Dios y nuestros caminos hacia lo trascendente.

La verdad es que nunca me pregunté por la existencia de Dios. Ni siquiera en mi adolescencia. De hecho en esa época era un activo miembro de una comunidad cristiana católica. Mi hermana era atea, supongo como resultado de la influencia de mi padre que se declaraba materialista dialéctico y agnóstico. Mi madre sí era una ferviente devota del catolicismo y me imagino que ésa fue la principal influencia en mi propio camino como católico practicante.

Dios no era una idea que pudiese cuestionarse, pues para mi no era un idea, era un hecho. Esto no significaba que yo hubiese tenido una experiencia directa de algo que, más allá de cualquier duda, yo pudiese definir como Dios. Simplemente, nunca se me ocurrió pensar que necesitaba experimentar directamente nada. De hecho el énfasis estaba en la fe como un valor en sí mismo. Lo cual significaba que la gracia estaba justamente en creer en algo para lo cual no existiese ninguna prueba o experiencia personal que pudiera apoyarlo.

El 90 por ciento de las personas comunes y corrientes que he conocido tienen alguna creencia respecto de la existencia de un ser superior, un creador o un ordenador del universo que se encuentra en alguna parte que no conocemos. Estas creencias varían desde la clásica imagen judeo-cristiana, hasta variaciones panteístas con claras influencias orientales o chamánicas, específicamente provenientes del hinduismo, o las tradiciones místicas de los nativos originarios de América, como la tradición lacota o maya.

Pero, supongamos por un momento, solamente como una suposición, que la idea de la existencia de un ser superior es simplemente eso, una idea, y que ésta responde más a una necesidad humana que a un hecho comprobable. Si esto fuese así, me pregunto cuál sería la necesidad básica del ser humano que se vería satisfecha con la creencia en la existencia de un ser superior.

Recuerdo que cuando sentía que las cosas no estaban resultando como yo quería o cuando me sentía solo, perdido y básicamente falto de amor, me hacía sentir mucho mejor el pensar que existía alguien allá arriba que sí me quería y aceptaba, y que de alguna manera podía interceder en el orden de las cosas para que yo lograra lo que deseaba.

Alrededor de los 19 años se me ocurrió preguntarme si existía realmente este padre celestial en el cual había creído toda mi vida. Al preguntar de donde venía todo, la respuesta siempre había sido que Dios se encontraba detrás de todo el universo. Era de hecho su creador. Como Cristiano practicante estaba familiarizado con la Teoría del Motor Inmóvil que Tomás de Aquino había tomado de Aristóteles. Esta plantea que detrás de cualquier movimiento siempre existe una causa, algo o alguien que lo mueve. Así que detrás de la creación tiene que existir un dios, de otra manera no es posible que todo exista y funcione. Parecía lógico. Alguien había hecho todo esto. El universo no podía crearse sólo. Entonces aparecía la fatídica pregunta de quién había creado a Dios. En este punto la respuesta era que nadie, éste había existido desde siempre. Con este argumento Tomás de Aquino y su teoría se desmoronaban. Si podía existir en el universo un ser que no fuese creado, Dios, perfectamente todo el resto del universo podía tener el mismo origen. Es decir podía no necesitar un “alguien” detrás que lo estuviera empujando.

Bien, la lógica y el razonamiento no parecían entregar una respuesta. Quizás era posible experimentar este dios, sentirlo. Debo ser honesto, en mis 20 años como católico nunca experimenté a ningún dios. Experimenté muchos momentos de éxtasis, de paz, incluso de epifanías frente a una hermosa puesta de sol o un desinteresado acto de amor por un otro, que me hacían reflexionar sobre cómo era posible que la gente no creyera en Dios frente a tal maravilla natural o humana. Pero lo cierto es que en todos estos estados de júbilo y paz nunca experimenté a ningún dios detrás de ellos, más allá de la propia interpretación que hacía de acuerdo con mi sistema de creencias cristiano. Pregunté a otras personas buscando en su experiencia algo que pudiese ser descrito como dios, más allá de la conceptualización religiosa que ellos hacían de dichas experiencias. Todo me parecía nada más que una interpretación de vivencias muy, muy humanas y no por ello menos valiosas y profundas. Pero nada que diera señas de la existencia de un alguien en el cielo o en ningún otro lugar.

Finalmente empecé a pensar que quizás estaba buscando la respuesta en la pregunta equivocada. Quizás la pregunta no era si existe Dios, sino por qué la gente cree que existe Dios. Entonces me aboqué a mirar las razones que ellos y yo mismo me di para sentir que yo necesitaba creer que Dios sí existía. Y esto fue lo que encontré:

Dios es el consuelo universal, una gran proyección antropomorfa. No me parece cierto que Dios haya creado al hombre a su imagen y semejanza. Sino lo contrario. El ser humano ha creado a Dios a su imagen y semejanza. Prueba de ello es que cada cultura tiene un dios cuyas características reflejan la mentalidad, los condicionamientos y las creencias de tal cultura. Históricamente se ha comprobado que en las sociedades agrarias neolíticas donde la fecundidad era apreciada como el motor de vida fundamental, tanto dentro de la comunidad como en lo que se refiere a la agricultura, las representaciones de la deidad eran básicamente femeninas. Es decir Dios era en realidad un ella, ya que sólo ella podía ser la creadora de vida. La madre tierra, la madre como figura principal de representación celestial. En la mayoría de las culturas occidentales de origen religioso judeo-cristiano, Dios ha sido representado como un padre, es decir como una figura protectora y castigadora de sexo masculino.

El Dios occidental es una evolución del Dios Patriarcal Judío, el cual se comporta piensa y siente, según es descrito en el viejo testamento, como los patriarcas Hebreos. El dios musulmán tiene obviamente características y comportamientos que son reflejo de los sistemas de creencia y condicionamientos de las culturas de origen árabe. Los dioses Hindúes se comportan como los practicantes hindúes. El dios chino evidentemente será distinto del dios africano, y así sucesivamente.

Nosotros creamos estas imágenes y luego nos arrodillamos ante ellas y comenzamos a rezar, a pedir que el universo funcione como nosotros queremos. Si los acontecimientos humanos nos parecen inexplicablemente injustos entonces suponemos que “los caminos de dios son misteriosos” y que nosotros, su creación, no tenemos el poder de dilucidar su celestial comportamiento.

Dios es un gran consuelo. Un gran papito, o como los niños, nuestro osito de peluche. Un osito de peluche que nos ayude a no sentirnos solos, desamparados en esta vasta existencia en la cual nos sentimos que incluso en la multitud estamos solos. Queremos un osito de peluche en el cielo, un osito eterno, que nos acompañe siempre. Un osito que le de sentido a nuestra existencia. Alguien en quien poder arrojar nuestra responsabilidad. Alguien que sepa de que se trata todo esto de estar vivo. Un peluche que sea omnisciente, omnipresente, omnipotente…que lo pueda todo…Un gran consuelo. La gente que cree en Dios no se ha permitido ser adulta, ha permanecido psicológicamente infantil, o al menos lo suficientemente inseguros y dependientes de un otro afuera que guía su comportamiento como para no poder decidir qué es lo correcto para ellos en cada caso, así como un niño. Si no fuera así, no habría ninguna necesidad de Dios.

La vida se basta así misma y es tan hermosa, tan llena de canciones, de flores, de aves volando. No nos da diez mandamientos, nos acepta tal cual somos, no hace ningún alboroto respecto de cómo deberíamos ser. Si lo pusiéramos poéticamente podríamos decir que la vida nos ama y respeta tal cual somos, incondicionalmente.

¿Por qué necesitamos a nuestro Dios? Porque somos infelices. Y me parece que las religiones han profitado de esto. La estrategia urgida por los sacerdotes ha sido no permitir que la gente sea feliz, pues de otro modo la religión desaparecería. Incluso el gran filósofo y Premio Novel Bertrand Russell decía: “Si todo el mundo fuera feliz, puedo garantizar que las religiones desaparecerían”.

Creo que las religiones conciente o inconscientemente quieren que la gente permanezca pobre, enferma y desgraciada, que viva en permanente ansiedad. De esa manera las personas siempre van a necesitar ayuda. Y los sacerdotes estarán listos para brindar su apoyo. Listos a interceder por este ser humano ante Dios. Sin embargo, pareciera que las oraciones son escuchadas sólo en un bajo porcentaje. Recuerdo haber hecho una encuesta informal entre gente creyente respecto de que porcentaje de sus peticiones a Dios había sido concedidas. El promedio bordeaba el 35 por ciento. Esto es inferior a la simple posibilidad de la suerte, pues esta representa el 50 por ciento. Entonces los sacerdotes dirán que tus oraciones no son escuchadas porque eres un pecador.

¿Como se las has ingeniado las religiones para mantener al ser humano en sufrimiento? Simplemente haciéndolo sentirse culpable por ser como es. Las religiones han destruido la integridad del ser humano. Lo han hecho pedazos y lo peor es, pedazos que se oponen entre sí. El mayor crimen contra la humanidad ha sido cometido por las religiones organizadas. Han vuelto la humanidad esquizofrénica, dividiendo la personalidad de cada individuo, obligándolo a luchar en contra de sí mismo. Las religiones han dicho que el sexo, que el cuerpo deben ser reprimidos. Obviamente una vez que te sientes culpable por ser natural, por disfrutar de la vida y sus placeres, las religiones se ofrecerán como las redentoras de tal sufrimiento. Y ese es su negocio: hacernos sentir culpables por el placer y luego redimirnos de la culpa a través de su servicio. Buen negocio. Muy buen negocio, siempre y cuando la gente no este feliz y satisfecha. Prueba de esto es que la religión católica es mucha más numerosa, fuerte e influyente en los países pobres que en las sociedades ricas y educadas. Colombia se declara católica en un 96 por ciento, en comparación con Dinamarca en cuya población el porcentaje es de solo un 48 por ciento.

No pretendo opinar sobre el carpintero que vivió en Judea hace dos mil años bajo el nombre de Ieshu Baar Iosef, pues la información que de él existe ha sido procesada por la gente que ha hecho el negocio con su figura, así que no confío en lo que de él se ha dicho. Lo que sí es seguro es que tiene la misma relación con los palacios de la ciudad del Vaticano que un obrero de la construcción de San Vicente tiene con las torres de comercio de Nueva York.

Dios no es más que una ficción poética. Una representación de nuestros anhelos inconscientes, de nuestra falta de amor. El cielo es una extensión de la codicia humana y un consuelo cuando nuestra vida no nos satisface. El infierno es la prolongación de la culpa introyectada. La proyección de nuestros miedos. Recuerdo haber escuchado a un obispo protestante decir que la idea de que el ser humano inventó el cielo porque le tiene miedo a la muerte, es satánica. De alguna forma creo que tiene razón. Sin Dios y sin Satán sería imposible que su negocio prosperara. Si fuéramos felices no habría ninguna manera de que pudiésemos convencer a nadie a que ingresara a una Iglesia, un lugar pletórico de imágenes que generan diversas respuestas emocionales, ninguna de ellas alegría. Sobre todo si alguien se está desangrando en una cruz. Pero esta figura ha sido puesta ahí por los sacerdotes con una función: generar culpa. Sí, ese personaje murió así por ti. Lo mínimo que puedes hacer por él es cumplir los preceptos de la religión.

Mi experiencia es que no existe otro Dios que la vida misma. Y tampoco necesitamos nada más. Estamos vivos en un misterioso universo que parece ser una unidad orgánica. ¿Para qué queremos a Dios? Qué necesidad real tenemos de un padre o madre en el cielo si somos adultos que podemos hacernos cargo de nuestra vida y sus elecciones. Para qué queremos a alguien que nos diga qué hacer si podemos aprender del hecho mismo del estar vivo con la capacidad de aprender, experimentar y crecer.

Me considero una persona espiritual y he practicado meditación por los últimos 20 años, pero ciertamente no soy un creyente. De hecho la espiritualidad para mí tiene que ver con sentirme profundamente conmovido con el misterio de la existencia y la posibilidad de sentirme uno y parte con todo lo que me rodea. Alguna gente dirá “pero eso es Dios”. Quizás poéticamente pudiese llamarlo así en algún contexto, pero prefiero no personalizar, no darle características del ego humano a fenómenos que trascienden mi comprensión. Así que prefiero reconocer que no sé si existe alguien en algún lugar con estas características. No digo que quizás en algún rincón del universo no esté Dios escondido.

Pero a lo que mi experiencia se refiere, no hay ningún ser superior revisando y controlando lo que ocurre en este verde y azul planeta de este lado del universo. Y creo que es bueno que así sea. Pues mientras exista un Dios el ser humano no puede ser libre. Este será sólo un títere sin posibilidades de crecimiento y aprendizaje. Si hay un dios omnisciente, él sabe todo lo que vamos a hacer, por lo tanto no hay posibilidades de cambio y evolución. Y entonces el fenómeno de la vida humana es sólo una obra de marionetas celestial donde sólo necesitamos hacer nuestra parte de acuerdo con los designios del titiritero.


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5 respuestas a “Una Espiritualidad sin dios”

  1. Julián dice:

    Vikrant:
    Gracias por compartir lo entrañal de tu existencia.
    Tu experiencia de liberación.
    Tu clamor de liberación.
    Tu diafanidad.

    Es cierto. ‘Dios’ ha muerto. Ha muerto en la experiencia de quien se ha adentrado en las energías primordiales de lo existente, dejando atrás itinerarios de preponderante disociación.

    En el nuevo estadio de consciencia la Existencia/existencia misma basta. Es Todo/todo.

    Es cierto que podemos entonces denominar ‘Dios’a esa Totalidad. No obstante, los vocablos portan la energía de su filogenia. Si ‘Dios’ está vinculado necesariamente a la ‘fractura’ experiencial humana y la supone ineludiblemente, esa categoría/concepto es inadecuada para el nuevo estadio de consciencia.

    El lenguaje que fue no es necesario que siga siendo. Cada fase de evolución convoca su específico lenguaje. O su no-lenguaje.

  2. Jose Libre dice:

    La mente es la que da tantas explicaciones, la mente no puede comprender a Dios porque este es infinito y la mente finita. Dios es una experiencia no un analisis, porque seria imposible analizarlo.Esa humildad de comprension de nuestro ser finito es lo que nos hace crecer.

    Jose

  3. Vikrant Sentis dice:

    Jose libre. Mi experiencia es que dios es un concepto, la vida es una experiencia. La idea de una entidad separada de la experiencia cotidiana responde a un malentendido del propio experienciar. No hay nadie separado. Es una vida orgánica y total. Dios es una idea en la mente humana.

  4. cristóbal mancilla Gewölb dice:

    Hola Vikrant, la verdad no sé si Dios existe o no.
    Pero sí entiendo que en la medida que Dios sea una idea-salvavidas, así como mi papá, mi auto, mi casa… no soy libre y por su puesto le doy
    a esa idea la responsabilidad de que me sostenga, renunciando a la mía.
    Si derepente lo tomo como un fonema humano intentando pobremente describir esa unidad orgánica que nombras, está todo bien.
    Lo penca de la historia es como a los seres humanos nos ha costado destetarnos de esta idea de Dios. Necesitamos un Pinochet, un Don Francisco o en su defecto, un Dios.
    Sí puedo decir, que últimamente he sentido más armonía entre mis energías “de la tierra” y las de más arriba y parece que “allá arriba” hay algo interesante, que sin reprimir “lo de abajo” se puede apreciar mejor…
    será “Dios”?… no sé… pero es la raja.
    Un enorme abrazo y mucha suerte.

  5. Vikrant Sentis dice:

    Cristobal. Mi percepción es que no hay “arriba” o “abajo”, lo que hay es un aqui eterno, vivo, vibrante… jugoso, que parece un “allá” en comparación con nuestro adormecimiento y siglos de condicionamiento religioso dual. El universo está vivo y funciona orgánicamente, pero no hay existencia separada de él. No hay un espacio arriba de algo más, todo esta simultáneamente aqui. Es más todo está aquí en diferentes niveles, sólo porque no somos capaces de procesar simultáneamente una realidad que parece contradictoria con nuestro pensamiento y percepción lineal… entonces hablamos de distintos niveles, porque no podemos focalizarnos en aparentes opuestos al mismo tiempo. La armonía es un hecho ineludible de este universo, no es posible lograrla, sólo hay que abrir los ojos a ver que ahí está… todo el tiempo. Lo que es, es. y lo demás es simplemente un mecanismo que funciona dualizando, separando y categorizando para hacernos la vida más facil y prácticamente funcional… la mente. Dios es la palabra que la mente humana a inventado para definir una sensación de totalidad que se le escapa a su comprensión limitada.

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